Sin Tapujos…

Julián López ‘El Juli’.
Julián López ‘El Juli’.

REPETIDORES

Bardo de la Taurina:

Nunca he estado en contra del toro de regalo, por el contrario hasta lo agradezco ¿Por qué no estoy en contra? Por el hecho de que en 60 años de asistir a las plazas de toros jamás he visto que cuando un torero anuncie que se va a poner guapo con un obsequio salgan en marabunta de debajo de los asientos o de lo túneles comandos de mercenarios o golpeadores y le pongan a cada uno de los asistentes un puñal en el cogote o que se atrincheren en las puertas con bazookas en ristre y amenacen con aniquilar a quien se mueva antes de que se chuten el toro de regalo.

¡No!, por el contrario, cualquier individuo que no quiera aceptar el regalito pues que al terminar la corrida por la que pagó y la lidia reglamentaria, libremente levante su puntual trasero y salga a zumbarse una birria calientita con ‘El Paisa’.

Esto viene a cuento porque ayer que taurinamente ahora sí quedó inaugurada la Temporada de Invierno del embudo monumental el primero que ejerció el derecho de no regalar un toro lo fue el torero de Velilla de San Antonio, Madrid, Julián López ‘El Juli’. Sin embargo, sí le regaló al público de la México un toro pa’ saciar su conveniencia que lidió un rejoneador elegido por varias razones y que lo fue Emiliano Gamero, al que la suerte le jugó una mala pasada con un toro manso, por lo que ojalá pa’l domingo venidero que la entrada se va a venir abajo considerablemente se recompense al ‘horseman’ y se le dé una apuntaladilla al cartel. ¡Venga, apoderada!, a demostrar que sabe usted mover el abanico.

Lo que sí con gusto hago es reconocer a Octavio García ‘El Payo’, quien en la plaza grandota volvió al camino del buen ejercer la profesión con mucho de lo que tiene dentro, incluyendo el no dejar que nadie se le vaya por delante torerísticamente, así sea un torerote como Joselito Adame, que en cuanto le peguen una ‘shaineada’ comenzando por mandarlo a la peluquería para que en su aseo personal y en lo taurino luzca más pulcro, entonces sí a ver quién lo para.

Y hasta aquí la dejo porque voy de volón a alquilarme un tacuche porque hoy lunes todos debemos asistir a la Casa de Coahuila, frente al convento de San Diego, en Churubusco (parada Metro General Anaya) donde a partir de las 7 pm la sabiduría de Leonardo Páez se desbordará en honor del fino matador de Saltillo Oscar Realme, otro desperdiciado del añejo sistema taurino.

Leonardo Páez:

En México hay más espíritu y vocación toreros que talento empresarial, la tarde de ayer fue iluminada por la pasión torera y mandona de Joselito Adame –en la honrosa línea de Gallito, Huerta, Arroyo– y el celo garrudo y recio –¿El Soldado redivivo?– de Octavio García El Payo, no por los repetidores bureles.

El Juli, que pasó de primera figura de los ruedos a marca registrada con garantía de espectáculo, sobre todo en la dependiente América taurina, en el pecado de la comodidad lleva, a veces, la penitencia de la mansedumbre, como ocurrió ayer con los anabolizados bureles de Fernando de la Mora, gorditos pero jóvenes, pesados pero sin pitones, y que para decepción de los miles de julianos consumidores, no de conocedores, pechó con el lote malo del escogido encierro.

Podía muy bien Julián haber regalado un toro –con levantar un dedo se lo obsequia la empresa, el ganadero o un admirador pudiente–, pero conmovido con la entrega de Joselito, prefirió abstenerse y de pasada ahorrarse la incertidumbre de lidiar otro manso deslucido. Eso, más que el oficio desplegado, me parece que fue lo más torero que hizo el madrileño en su sobreadministrada tarde de presentación en la plazota, donde jueces, veterinarios y publicronistas –publicistas improvisados de cronistas– están al servicio de la empresa, y donde orejas y arrastres lentos se dan como en kermés.

Lo incuestionable en Joselito Adame es que su poderosa y convencida tauromaquia alcanza para cortar orejas en Las Ventas y en la México, Sevilla o Guadalajara. Ni modo que en esos cosos también la autoridad esté en la nómina de la empresa. Y lo incuestionable de El Juli es que viene a descansar a América de su campaña europea tentando de luces y con vacaciones pagadas, homenajes y postraciones varias. Las figuras postmodernas ven la tempestad y no se hincan sino que repiten y repiten, como los de de la Mora.

 

 

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