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EL ESTADIO DE LOS DODGERS

Por Héctor Barrios Fernández

Mientras los Dodgers pasaron sus primeros cuatro años en Los Angeles tratando de jugar en un estadio destinado al Football, el dueño del equipo Walter O’Malley estaba ocupado construyendo uno realmente para béisbol en una zona montañosa cercana al centro de la ciudad.

Años antes de que los Dodgers vinieran a Los Angeles, el gobierno de la ciudad había destruido a una vibrante comunidad México-Americana llamada Chávez Ravine, comprando las casas de la gente para despejar el camino para la construcción de un proyecto habitacional que nunca prosperó, al menos eso fue lo que se declaró.

Algunos de los desalojados eran descendientes de colonizadores quienes habían recibido documentos de posesión de esas tierra por el Rey de España en 1781; otros habían llegado allí por la desenfrenada discriminación por la vivienda en un área que limitaba sus opciones.

Para 1957, cuando O’Malley le echó un vistazo a las Lomas de Chávez Ravine en un  helicóptero sobrevolando Los Angeles, solamente veinte casas permanecían ocupadas.

Reconociendo que Chávez Ravine era el sitio perfecto para su estadio, O’Malley comenzó a comprar las propiedades disponibles, ofreciendo hasta cinco veces su valor.

A pesar de eso, muchos dueños se negaban a vender, disponiéndose a pelear en la Corte por su propiedad.

Esta batalla estuvo financiada por dueños de teatros, ejecutivos de televisión y dueños de la franquicia de liga menor, Padres de San Diego, todos ellos temerosos por competir con los Dodgers por las preferencias del público.

O

’Malley imperó en la Corte, pero unos cuantos obstinados residentes, ahora técnicamente usurpadores, invasores o “paracaidistas” de acuerdo con la ley, aún estaban reacios a dejar las propiedades y en 1959 fueron forzados por la fuerza pública a evacuar el lugar ante las cámaras de los principales noticieros de televisión.

Esta desagradable escena llegó a ser el “ojo morado” para la franquicia de los Dodgers y por años esto perjudicaría las relaciones del equipo con la comunidad México-Americana.
Pero llegó la fernandomanía y las cosas cambiaron…

El sitio en donde se encuentra enclavado el estadio de los Dodgers consiste en una pintoresca área de 1.31 kilómetros cuadrados de colinas escarpadas, matorrales y eucaliptos, un pedazo de tierra 72 veces más grande que su antigua casa en Brooklyn, el Ebbets Field.

La construcción del estadio tomaría aproximadamente tres años y sería el proyecto de construcción más grande en la historia del béisbol.

Para empezar, el terreno tuvo que ser aplanado, incluyendo un promontorio de 300 pies llamado “El Vigía.”

25,000 piezas de concreto tuvieron que ser colocadas, algunas de hasta 32 toneladas de peso.

Puesto que no había en todo el país una grúa capaz de levantar tal peso, una máquina tuvo que ser importada pieza por pieza desde Alemania.

O’Malley contrató a Emil Preager como su arquitecto, quien había construido el puente original Tappan Zee en New York y había hecho algunas modificaciones a la Casa Blanca.

O’Malley lanzó en una lluvia de ideas, docenas de cómo quería el estadio de los Dodgers, algunas de ellas más prácticas que otras.

Entre las que nunca se materializaron estaba una que incluía un techo retráctil que cubría el “infield,” un sistema de aire comprimido que soplara constantemente sobre la bandera de los Estados Unidos, un juego de luces estilo hotel Bellagio de Las Vegas que iluminara aguas danzantes en el aire y tranvías que transportarían a los aficionados desde lotes de estacionamiento hasta las mismas puertas del estadio, por supuesto a cambio de una “pequeña” tarifa.

ara el arquitecto Peager, estas propuestas pusieron en claro los instintos extravagantes de O’Malley y trabajó con su cliente para hacer un Dodger Stadium con gracia y clase.

Walter O’Malley, sabiamente insistió en colores pastel, diferentes a algo visto antes en el béisbol.

Quería posesionarse lo más lejos posible del viejo estadio en Brooklyn con sus asientos de madera, los cielos nublados y los pilares que bloqueaban la vista de los aficionados, todo ello de color oscuro.

El estadio de los Dodgers sería un estallido de colores brillando delante de un parche de verde bosque.

O’Malley quiso que esto fuera para el béisbol la versión de Disneylandia y muchas veces buscó el consejo del mismo Walt Disney.

Cada uno de los pisos del estadio tuvo un diferente color pastel, con colores cuidadosamente seleccionados que tienen que ver con el ambiente californiano:

El amarillo representa la arena, el anaranjado el sol, el color “aqua” representando al océano y el azul ligero al cielo.

Para alguien mirando hacia las gradas cuando estuvieran llenas de aficionados en sus camisetas blancas, el efecto sería como el de ver un brillante y colorido pastel de bodas, tal y como a Vin Scully le gustaba apuntarlo en sus crónicas.

Cuando vas al estadio de los Dodgers, no puedes ir de mal humor, tal y como debe ser al visitar cualquier estadio en cualquier ciudad, en el estadio de los Dodgers, sobre todo a la caída del sol, cuando estás cómodamente sentado en tu butaca antes del juego y escuchas la relajante música del organista y te preparas para disfrutar de un gran partido, puedes admirar a la distancia las fabulosas montañas de San Gabriel.

Tal vez ningún jugador es más emblemático en el estadio de los Dodgers que Fernando Valenzuela.

El jovencito de 20 años de edad que cautivó al béisbol en 1981, con un record de 10 ganados por 0 perdidos y 0.40 en porcentaje de carreras limpias admitidas en sus primeros 13 juegos.

Los aficionados de todas las etnias, pero especialmente los latinos, entraron a la “fernandomanía” y se reunieron en el estadio de los Dodgers para verlo lanzar.

En 1982, cuando el porcentaje de asistencia a juegos de las Ligas Mayores fue de 20,766 aficionados, los juegos en los que lanzó Fernando tuvieron un porcentaje de 43,312 asistentes.

Su éxito también ayudó de cierta manera a sanar las heridas que por largo tiempo dejaron los Dodgers a las familias de Chavez Ravine.

Ahora aproximadamente la mitad de los asistentes al estadio de los Dodgers son latinos y el parque de pelota recibe más grupos étnicos que cualquier estadio de Grandes Ligas.

Durante su primera temporada en 1962, el Dodgers Stadium rompió el record de asistencia para una temporada de béisbol, recibiendo a 2.8 millones de asistentes.

Esa cifra se ha roto alrededor de 40 veces durante su estancia en Los Angeles, en total han vendido aproximadamente 215 millones de boletos en la historia de la franquicia, lo cual representa, por mucho la cifra más grande en la historia de cualquier equipo deportivo en el mundo.

Muchos factores han contribuido a hacer el estadio de los Dodgers el más popular jamás construido: su clima perfecto, su excelente localización, su apariencia estética, su tamaño y lo más importante, su consistente alto nivel y calidad de béisbol que allí se juega.

Aún recuerdo como si hubiera sido ayer cuando más joven que ahora, los Dodgers eran mi equipo favorito.
En infinidad de ocasiones he sido parte de los más de 200 millones de asistentes y créame, cada vez que visito Dodger Stadium parece como si fuera la primera vez que voy.
Ah y no soy de los que se salen del parque en la séptima entrada como se acostumbre en Dodger Stadium, sino hasta que cae el último out.

Espero sus amables comentarios en: info@beisboldelosbarrios.com

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