Estrellas Del Béisbol

HASTA LUEGO BABE
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Por Héctor Barrios Fernández

Un Babe Ruth con visible sobrepeso, se miraba más viejo que los 40 años de edad que tenía, vestido con el uniforme de los Bravos de Boston, el 25 de mayo de 1935, se paró en la caja de bateo en el estadio Forbes Field de Pittsburgh.

Había conectado de cuadrangular dos veces en el juego y ahora en el séptimo inning, volvió a la carga contra el lanzador de los Piratas Guy Bush.
Sobre un lanzamiento en curva, Ruth conectó tremendo tablazo sobre el jardín derecho, como 50 pies por arriba del techo del segundo piso del estadio, siendo la primera vez que alguien enviaba la pelota fuera del estadio en sus 56 años de historia.
¡Caray! Exclamó Ruth cuando se sentó en la banca, “el último se siente sabroso.”
Suele suceder que los focos son más brillantes momentos antes de fundirse, o que, en tardes nubladas el sol sale para enseguida ocultarse en el horizonte y este es el caso con Babe Ruth.
Tuvo que cargar con una miserable primavera en 1935, su primer año con los Bravos:
Mal de las rodillas y tobillos, un persistente resfriado y un porcentaje de bateo en los .100s.
Su disparo hacia la luna en el Forbes Field fue el último de sus 714 cuadrangulares.
Después de una lesión en la rodilla el 30 de mayo, el Babe nunca jugó en otro juego de Grandes Ligas.
Sabía que estaba al final de su carrera cuando firmó con los Bravos, pero tenía la esperanza de que esto lo condujera a una posición como manejador del equipo.
También había preguntado a otros equipos acerca de manejarlos, incluidos a los Yankees y Tigres, pero fue rechazado una y otra vez.
Pensaba que los Bravos, quienes finalizaron con record de 38-115 en 1935, le  darían la oportunidad, pero el dueño Emil Fuchs no se sentía obligado.
Desde antes de 1920, Ruth había liderado el béisbol como un emperador, gracias a su carisma y habilidades para el juego.
Aun así George era un muchacho irresponsable que nunca maduró, incapaz de ser un líder en un equipo de béisbol.
El Babe era demasiado ingenuo para darse cuenta de sus defectos.
Se mantuvo esperando una oferta para manejar, pero ésta nunca llegó.
“Fue la más grande decepción de su vida,” dijo su hija Julia Ruth Stevens, “no hay duda al respecto”.

Frustrado y algunas veces deprimido, por ya no ser el foco de atención, también tenía suficientes diversiones como para mantenerse ocupado.
Era un excelente cazador, jugaba golf y boliche.
Gustaba de escuchar la serie de “El Llanero Solitario” en el radio, también disfrutaba de las noches tranquilas con su esposa Clara y su hija Julia.
Por supuesto siempre reunía a gran cantidad de admiradores por donde quiera que se aparecía.
En junio de 1938, Larry MacPhail, ejecutivo de los Dodgers de Brooklyn, se dio cuenta de que una gran multitud de aficionados rodeaban a Ruth para conseguir su autógrafo, pensó que sería una gran atracción contratarlo como coach de primera base para los Dodgers, cosa que finalmente hizo.
Aceptó pensando que esto posiblemente lo llevaría al puesto de manejador.
Eso fue motivo de otro castillo en el aire, especialmente después de que se peleó con el capitán del equipo Leo Durocher, pero el Babe se divertía en el parque de pelota de cualquier manera.
Se pasaba firmando autógrafos cuando menos una hora después del juego.
Lou Gehrig, compañero de Ruth por mucho tiempo, murió el 2 de junio de 1941.
Contratado para actuar en la película “The Pride of the Yankees,” una película sobre Gehrig, Ruth perdió como 20 kilos de peso para parecerse a sus épocas de jugador.
Durante la segunda guerra mundial, Ruth trabajó fuerte para reunir fondos para su país, jugó golf contra Ty Cobb, bateó lanzamientos contra Walter Johnson, tuvo apariciones públicas y en el radio, pidiendo a sus conciudadanos contribuir a la causa, compró 100 mil dólares en bonos para patrocinar la guerra, visitó hospitales militares.
Diez años después de su retiro, aún era el atleta más popular de su país.
En 1945 MacPhail y otros, compraron a los Yankees y Ruth tuvo nuevas esperanzas, le hizo saber a MacPhail que él tenía intenciones de manejar al equipo o por lo menos a la sucursal en Newark.
Semanas después MacPhail le contestó a Ruth que los dos puestos ya estaban ocupados.
“Babe caminó entumecido por la cocina,” dijo Clara, “se sentó en una silla, se puso las manos en la cabeza y lloró de furia y frustración, lloró por eso varias veces.”
Por ese tiempo, Ruth experimentó fuerte dolor en su ojo izquierdo, en noviembre el lado izquierdo de su cara estaba hinchada y no podía ingerir comida sólida.
Lo atendieron en el hospital, permaneció allí por un mes antes de que los doctores determinaran el origen de su mal.
Un tumor maligno había crecido a un lado de su cuello.
Lo operaron el 5 de enero de 1947, pero los doctores no pudieron remover todo el cáncer, permaneció en el hospital con dolor y depresión por otras seis semanas, perdiendo aproximadamente 45 kilos de peso, recibió miles de cartas y el 15 de febrero, cuando finalmente salió de hospital, cientos de aficionados lo vitorearon a la salida, lloró de nuevo.
Temiendo que el Bambino no permaneciera por mucho tiempo más con vida, el Comisionado Happy Chandler declaró el 27 de abril “El Día de Babe Ruth.”
Llegó al estadio de los Yankkes en un carro convertible, con cabello gris y tembloroso, Babe Ruth sin embargo se entregó de corazón a 58 mil emocionados aficionados.
“El único real juego en el mundo, creo que es el béisbol,” dijo en una ronca voz. “Debes dejarlo crecer contigo y si eres exitoso y lo intentas lo suficiente, llegarás a la cima, como estos muchachos han llegado ahora mismo.”
Gracias a nuevos medicamentos aún experimentales, la salud de Ruth mejoró en el verano de 1947, pero decayó en el siguiente invierno.
El 13 de junio de 1948, apareció en el estadio de los Yankees para el 25vo aniversario del parque, sus pantalones a rayas, le quedaban holgados como piyamas y usaba un bat como muleta.
El 15 de agosto de 1948, murió en una cama del hospital poco tiempo después de firmar el libro de su autobiografía a una enfermera, tenía solamente 53 años.
Su cuerpo fue llevado al estadio de los Yankees en donde se vendió la comida preferida de Ruth, “hot dogs,” los ex Yankees Joe Dugan y Waite Hoyt estaban entre los que cargaron el ataúd, a la salida de la Catedral de Saint Patrick, en un día caluroso, Dugan susurró al oído de Hoyt, “Dios mío, ahora mismo daría mi brazo derecho por una cerveza bien helada,” a lo que Hoyt contestó, “también el Babe.”
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