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SANDY KOUFAX SIN HIT NI CARRERA

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Por Héctor Barrios Fernández

Desde las gradas del estadio de los Dodgers, el lanzador Sandy Koufax parecía una persona físicamente pequeña, una figura atrapada por su destino en un lugar específico del terreno de juego, atraía la atención de todos y cada uno de los asistentes al parque de pelota.

Koufax se impulsaba y hacía su lanzamiento, azotaba su brazo zurdo hacia enfrente como un latigazo con todo su peso corporal detrás de él.

Durante aquel juego de la temporada de 1963, Harvey Kuenn conectó una línea hacia el jardín derecho en donde Frank Howard atrapó la pelota ante la ovación del público presente.

Los Dodgers estaban arriba en el marcador 4-0 sobre los Gigantes de San Francisco en el séptimo inning, pero hubo mucho más que eso en esta noche.

Harvey Kuenn había sido el décimo noveno de los Gigantes que tomaba un bat en el juego y el décimo noveno que Koufax había retirado.

Sandy le lanzó a Felipe Alou y sobre una bola rápida Alou conectó un largo elevado al izquierdo. Tommy Davis corrió hacia atrás y muy cerquita de la barda atrapó la pelota y de nuevo la algarabía en las gradas no se hizo esperar.

En ese instante Dick Calmus, un jugador novato de los Dodgers, se levantó de la banca como impulsado por un resorte para aplaudir con energía.

Leo Durocher, uno de los coaches del equipo, supersticiosamente le ordenó que regresara a su lugar y se sentara.

Pero ahora, el pero que nunca falta, venía el siempre peligroso Willie Mays a tomar su turno al bat.

Koufax se balancea en la loma y lanza.

Willie Mays conecta una portentosa línea por el lado izquierdo del campo.

Jim Gilliam que jugaba la tercera base esa noche, da un paso al frente e intercepta la pelota en su vuelo, una jugada en la que al parecer solamente Jim Gilliam miró la pelota y algunos dijeron que tal vez ni él.

Cuando Gilliam sacó la pelota de su guante y la rodó hacia la loma, el público se dio cuenta de que había caído el tercer out y nuevamente brindó un ensordecedor aplauso a Sandy Koufax que cabizbajo caminaba hacia la caseta de los Dodgers por el lado de la tercera base.

Se sentó en la banca completamente alejado de todos sus compañeros, limpiándose la cara con una toalla.

Nadie le hablaba. Pero un jovencito sentado atrás del dugout le gritó, “Hey Sandy, estás lanzando un juego sin hit.”

Sandy sonrió y dijo para sí mismo, espero en Dios que así sea.

Durocher le hizo una mueca.

Se llegó el noveno inning, ya no había posibilidades del juego perfecto, ya que Ed Bailey había recibido base por bolas en el octavo inning, pero la posibilidad  del sin hit aún estaba ahí.

Los Dodgers habían anotado cuatro carreras en su más reciente turno al bat y ganaban por amplio margen de 8-0.

Sandy Koufax le lanzó y dominó a Joe Amalfitano, luego puso fuera a José Pagán.

Pero… pero… espérense tantito, el manejador de los Gigantes Alvin Dark envió a batear de emergente nada menos que a Willie McCovey, ese poderoso bateador que “zarandeaba” como si fuera su lanzador de práctica al compañero de Koufax con los Dodgers, Don Drysdale y a muchos otros.

Para quitárselo de enfrente, Sandy Koufax hizo lo que cualquier lanzador inteligente hubiera hecho, le otorgó la base por bolas.

Koufax evaluó la situación y pensó, “si camino a McCovey, con cuatro carreras de ventaja me meteré en serios problemas si otro hombre se me embasa.”

Entonces se dio la media vuelta y miró la pizarra, se dio cuenta de que eran ocho carreras de ventaja y no cuatro.

Había perdido la concentración por estar pensando en el juego sin hit ni carrera, había olvidado las últimas cuatro carreras anotadas.

Koufax apretó los labios en franco disgusto consigo mismo, se encorvó y miró fijamente a su receptor John Roseboro.

La tensión sofocaba, sintió que el aire le faltaba y no podía respirar, como si temblara.

Presentó la pelota, le echó un vistazo a McCovey en primera y lanzó al pentágono en donde estaba tomando turno Harvey Kuenn.

Kuenn conectó un lento machucón por el lado derecho del montículo.

Sandy se apresuró, el tiempo y la acción parecieron que eran en cámara lenta, como si se detuvieran, tomó la pelota, tiró al guante del primera base Ron Fairly y saltó de gusto sobre el joven inicialista.

Emocionados, los jugadores de los Dodgers se arremolinaron sobre Sandy Koufax y los aficionados permanecieron de pie ovacionándolo.

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