Dos Historias que se Unen:

Alfonso Araujo Bojórquez y Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

Alfonso Araujo:

 

Babe Ruth firmó con los Dodgers de Brookyn como coach de tercera base el 18 de junio de 1938. Ese día los Dodgers vencieron 2-1 a los Cachorros, que fueron los campeones. Un año antes, los Dodgers tuvieron 482,481 aficionados y con la llegada de Ruth, mejoró a 663,087, aunque terminaron en penúltimo lugar.

Una temporada sensacional tuvo el pitcher Ewell Blackwell, que le apodaron “El Látigo”, terminando de líder en ganados con 22 y en ponches con 193 con los Rojos en 1947. Tuvo seis blanqueadas, entre ellas un sin hit, el Miércoles 18 de junio, al vencer a los Bravos de Boston por 6-0 en el Crosley Field.

El racimo más grande de carreras en una entrada, lo hicieron los Medias Rojas en el Fenway Park, cuando timbraron 17 veces en la séptima entrada, el 18 de Junio de 1953, cuando vapulearon 23-3 a los Tigres de Detroit. Gene Stephens, conectó tres hits en esa entrada, mientras Sammy White, timbró tres ocasiones.

Considerado por muchos, como el mejor parador en corto mexicano, Guillermo “Huevito” Álvarez, ingresa al Salón de la Fama de Monterrey, el 18 de junio de 1976. Otro veracruzano, de una época anterior, lo acompaña y se trata de Luis “Molinero” Montes de Oca y la tercia la conforma el periodista conocido como “Fray Kempis”.

Son cuatro los bateadores que han conectado jonrón con caja llena en el mismo juego. El primero fue el panameño León Kellman en 1954. El segundo fue Arnoldo “Kiko” Castro de los Tigres el 18 de junio de 1967 contra Monterrey. El tercero fue Luis Carlos García del Tigres en 1999 y el último en hacerlo, Rubén Mateo en el 2013.

Famoso pleito entre Reggie Jackson y el manager de los Yankees, Billy Martin. El sábado 18 de junio de 1977 en el Fenway Park, al sacar Martin del juego a Jackson, porque fildeó mal un batazo y metió a Paul Blair. Cuando Reggie llegó al dugout, se peleó de palabra y más tarde de golpes. Todo eso se vio por televisión.

Los Sultanes de Monterrey, inician una racha el 18 de junio de 1998, que los lleva a 20 victorias seguidas, al vencer a los Langosteros de Cancún, con marcador de 2-0. Fernando Hernández fue el pitcher de la victoria, mientras perdía Saúl Valenzuela. Con Derek Bryant en el timón, cierran la campaña con 80 victorias.

LANZANDO PARA HOME

En 1909, un hombre llamado Charles Hércules Ebbets, comenzó a comprar en secreto parcelas adyacentes en tierra de la sección Flatbush de Brooklyn, incluido el sitio de un basurero llamado PigTown, debido a los cerdos que una vez lo llenaron y el hedor que aún respiraba el equipo de béisbol mediocre en el que una vez trabajó y ahora es propietario. El equipo se llamaba Trolley Dodgers (Esquivadores de los Trolley) o simplemente Dodgers (Esquivadores), por la forma en que sus devotos fanáticos, esquivaban los trolley, para entrar al estadio.

En 1912, comenzó la construcción. Para cuando se completó un año más tarde, Pigtown se había trasformado en el Ebbets Field, el santuario más nuevo del béisbol, donde se desarrollaría una parte del drama más grande del juego. En los siguientes años, los fanáticos de los Dodgers verían más malos momentos que buenos, pero casi no se preocuparían, escucharían las cadencias del sur de una emisora pionera y presenciar de primera mano el mejor momento del béisbol, cuando un hombre negro que llevaba el No. 42, salió al trote a primera base y era nada menos que Jackie Robinson.

En 1955, después de más de 4 décadas de frustración, Brooklyn finalmente ganó un campeonato mundial, solo para saber que dos años más tarde, el equipo se mudaría a una ciudad a 3 mil millas de distancia o sea Los Angeles, California, dejando una cascara vacía en Flatbush, que eventualmente se convirtió en un edificio de apartamentos e incluso un lugar más vacío en el alma de cada fanático de Brooklyn…Después más lanzamientos.

24 y 18

Por Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga

No hay evocación más

poderosa en este mundo

que la nostalgia: Félix Julio Alfonso

El joven de veinticuatro miraba absorto los movimientos del que solo había cumplido dieciocho y recorría los alrededores de la segunda almohadilla como si hubiera nacido allí. Adelante, atrás, a la derecha, hacia la izquierda. Pronto el joven comprendió que el mejor trance de su carrera, buena en su pueblo, regular en la provincia y pobre en el país, sería admirar las virtudes de quien nunca podría considerar un rival, por la limpieza de sus acciones en el cuadro y un talento desbordado.

Alguna que otra vez envidió a quien ensayaba movimientos de artista emérito y salía, a las seis y treinta de la mañana, a la grama del San Luis para, con un montón de pelotas a los pies, lanzarlas contra la parte baja del dugout de tercera, donde había marcado un estrecho círculo en el que hacía diana. No pedía tregua el muchachito, bufaba como si estuviera descompresionando en las profundidades del mar antes de ejecutar la ceremonia. Bien podía estar una, dos, tres horas…

En las prácticas era el primero y el que más bolas atrapaba, ningún coach quería «fonguearle». Se “hacían los suecos” para ejecutar una ceremonia ancestral que se remonta a cuando los iniciadores lo hacían entre ellos mismos antes de alcanzar los «pitenes» . La actitud se delataba cuando el de veinticuatro ocupaba su turno y los entrenadores, solícitos, se turnaban para unas habituales cuarenta repeticiones. El de dieciocho tenía capacidad para atrapar cuatrocientas, o más.

Torpederos y antesalistas lo buscaban para practicar los doble plays. El de veinticuatro se quedaba con las ganas, predestinado a ensalzar las virtudes de quien nunca vio como rival, porque no lo era. Ellos harían amistad. El más joven motivaría al otro, cuatro décadas después, para recordarlo con letras aprendidas en cientos o miles de libros estudiados, desechados, y algunos vueltos a leer.

Aquella sangre bisoña traía costumbres ancestrales de dioses, santos, brujerías no aceptadas por otros y cosas que se aprenden en el batey de un central, con predominante raza negra. Las tradiciones de religiones afrocubanas, nacidas de grilletes y ritmos, semejaban una mezcla deportivo-musical que mucho daría que hablar en el quehacer de la Isla.

El joven de veinticuatro y el muchachito de dieciocho venían por diferentes caminos, uno blanco y de familia con holgada situación económica, no burguesa ni aristócrata, pero con salarios suficientes para acariciar la comodidad. El otro, mulato de diaria lucha por la subsistencia en el rudo trabajo del azúcar. Uno estudió en las mejores escuelas, el otro en la escuelita multigrado del batey.

La voluntad de sacrificio del muchachito para perfeccionar su juego no tenía límites. Una mañana se le ocurrió que ganaría un paso al corredor si en los doble plays tiraba para primera sin mirar. Lo comentó con el otro, quien pensó en un disparate, pero con la ayuda de algunos, él incluido, repitió la ceremonia hasta perfeccionarla, al extremo de que cuatro décadas después, cuando se encuentran en el estadio, con un guante y una pelota la repite a la perfección. Merece patente de inventor, un premio en eventos científicos. Nadie ha repetido esa virtud. ¿Incapaces? ¿Temor al plagio? A estas alturas se descarta la segunda opción.

Con tales atributos nació quien pronto se encumbraría para desalojar de la intermedia a un gran matancero. Pasearía por el mundo sus dotes y se adentraría en el corazón de millones.

Con inteligencia para sortear los escollos de un juego complejo, paciencia de relojero y sabiduría de Gran Maestro, supo erguirse entre todos como perenne capitán. No fue modelo de disciplina, no podía serlo por rebelde con causa, por los golpes de la vida y tantos sinsabores que, genialidad por medio, se convertirían en gratos sueños cumplidos.

A la hora de hoy, es quien carga más pergaminos de oro en nuestra pelota. Ora jugador, ora manager intra y extra fronteras. Para muchos parecía imposible, otros podrían adelantarse. Pero lo cierto, lo inconmensurablemente cierto, es que aquel muchachito de 18 años, hace raro escaló la cumbre.

Jugador, entrenador, manager del patio y más allá, ídolo de multitudes y muchas otras cosas, no ha dejado de soñar con su deporte favorito: el baloncesto, donde alcanzó muchas facultades, pero tuvo que dejarlo por «enano».

Varias pupilas lo descubrieron para el béisbol. Pero si hay que definir su mejor virtud, sin vacilación, la de conservarse un muchachito de Orozco, con igual rebeldía y el sosiego de los años. El joven de 24 así lo lleva consigo.

Léa también

Yankees vuelven al triunfo ante los Rays

El manager Aaron Boone enfureció con un umpire novato, pero los Yankees de Nueva York …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *