El tercer strike

Omar Linares

JUAN A. MARTÍNEZ DE OSABA Y GOENAGA

1, 2, 3 y pa’ la tonga

Los bateadores no pueden darse el lujo de poncharse. A menudo se dejan cantar un strike por el centro del plato, para poncharse. Se quejan, discuten, la cogen con los ampayas, pero no tienen razón. El umpire puede equivocarse y hacer daño, no lo niego, pero dejarle el protagonismo, de eso nada. Algunos dicen que el pitcher le tiró una rectita en conteo de 3 y 2 ¡con las bases llenas! Ante tal afrenta no tiene que pensar, solo agarrar el bate como mejor se sienta y con la mente limpia, tirarle a lo que parezca strike.

Desde luego, también suele suceder con los grandes bateadores. Omar Linares, el mejor bateador cubano de los últimos sesenta años, se dejó cantar el tercero contra Sancti Spíritus en la XL Serie Nacional, ante una inofensiva recta de Yosvany Aragón. No esperaba tal lanzamiento y cometió el error. No tenía que pensar, solo hacerle swing y chocar con la bola; quizás otro gallo hubiera cantado.

Félix Pino, ese magnífico zurdo de la época dorada vueltabajera, me contó que, con las bases llenas en el Sandino de Santa Clara y sin outs, tenía enfrente a Antonio Muñoz, Cheíto Rodríguez y Héctor Olivera, quizás el trío más poderoso que haya estado en nuestro béisbol. José Miguel Pineda, pidió tiempo y fue al box:

–Fíjate Pino, solo quiero que les tires rectas por el medio a esta gente, no inventes nada, solo rectas por el centro…

– Pero Pineda, me van a matar.

– Hazme caso, solo rectas buenas.

Cumplió la orden esperando salir de allí como un rayo, pero ponchó a Muñoz, Cheíto conectó una inofensiva rolata por tercera y Olivera un elevado al central. Aquel scone jamás lo olvidará. Pineda aplicó la teoría de ir contra la lógica, aprendida en el béisbol rentado.

Pueden poncharse, pero haciéndole swing a la bola. Lo demás es para las gradas, donde la fanaticada hablará hasta por los codos y lo harán con razón. Volvamos al momento del ponche. Algunos sesudos creen sabérselas todas y recomiendan reducir el tiempo de juego por la espectacularidad. Que si deben ser tres bolas y dos strikes, que el ponche se decrete con los fouls y otras “medidas ágiles”, destructoras.

Si se aplican esos consejos, no sería béisbol, sino un juego simi­lar al rapid trance del ajedrez, que limita las potencialidades de quienes están preparados para jugar como Dios manda, o como mandaron los que lo inventaron con el nombre de Chaturanga en la India, hace milenios. Es cierto que a veces cansa un desafío que parece no terminar entre batazos, errores, trifulcas y otras demoras innecesarias.

Las cuatro bolas y los tres strikes están científicamente fundamentados. El bateador sabe que esas son las condiciones y va a explotarlas, porque tiene tres lanzamientos a su favor, como mínimo.

Los ojos de todos están sobre él y en quien lanza a 60,6 pies de distancia, desde una elevación. Podrán implementarse reglamentaciones que limiten a los pitchers y a los bateadores, pero no inventarán nada que los sus­tituya. Nadie nombra este deporte por los jonrones ni las jugadas, simplemente: por las “bolas y los strikes”.

René Melo, un pelotero a quien admiré mucho en las Minas de Matahambre, y después fue mi manager, me aconsejó que tratara de hacer contacto con el tercer strike, que no esperara y le tirara a todo lo que se pareciera, porque el árbitro podía equivocarse. Yo, un mediocre que suplió insuficiencias técnicas con razonamientos, interioricé el consejo. Mi lucha a muerte era contra el ponche, pues si hacía contacto con la bola podía ganar la base; si me lo cantaban, estaba liquidado, regresaba al dugout con el rabo entre las patas, ridículamente.

El bateador es el actor principal, el árbitro no, y a veces le cedemos el protagonismo. Entonces se lucen con mil murumacas hacia las gradas, o los perdonan y van contra el pitcher. No me callo ni dejo de dar consejos, que es para lo que va quedando uno, en la casa y en la pelota.

Juan A. Martínez de Osaba y Goenaga.

Abril de 2020.

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